La mezcla de colores, de pinturas y texturas, de sabores curtidos de esperanza, dicha, venganza y molestia. La sensación prominente de tocar al aire y guardarlo en un cofre lleno de confianza y afecto. Todo ello colapsa, explota y salpica ensuciando las calles y al alma misma.
No es posible la supresión directa e inmediata, no existe la desaparición espontánea del fastidio, tan sólo un escondite, siempre hábil y tortuoso, que se muestra débil cada cierto tiempo.
Y entonces, el recuerdo extiende sus manos, engaña y obliga a sumergirse en la piscina de lamentos y preguntas sin respuesta (o millones de éstas, es lo mismo al final) Con todo, la memoria de los ligamentos rotos de la nada se mantiene intacta.
Es como a aquel hombre que abandonaron en medio de la noche, el que al voltear no encontró a su compañero, quien se había marchado elegante y sonriente. Lo dejaron en medio de la nada, completamente solo y sin sabe qué hacer. Un día atrás confiaba, a pesar de todo; pero al día siguiente: abandonado.
No hay reparo ya, la vida sigue cabalgando, pisoteando todo lo que hay en su paso, sin importarle sentimientos, sensaciones, mezclas o escondites.
¡A guerrear, que falta mucho! Y a extinguir esa dosis de dulzura, tan negativa, traicionera y estúpida, como algunas almas cercanas que ahora se esparcen en el cosmos.